Pero otra vez te digo, ahora que el silencio te envuelve por dos veces en sus alas como un manto: en el fondo de todo jardín hay un jardín. Ahí está tu jardín, Talita cumi.
Me aproximo a la noche, con cada una de las manos, abarco cuerpos enteros, horas, temporadas y saltos. Saltos y precipitaciones, personas sentadas en ambos lados, yo con cacharros de palo, una conversación que aún no se terminó... bancos, costumbres, el organdí, pantalones, las piedras con las cruces que se movían, el sol allá en lo alto que se retira para que beban de nuevo los días y el verano.
Un día cruzando a lo ancho de la calle, un día que presidió desde lo otro montones de días que no eran él; como si al describirse, se le hubieran restado los fragmentos, como nunca feliz, ligando las alianzas, anfitrión de los sueños en los que, hasta el paisaje, era una misma nube que se extendía con tan sólo rozarla.
Más arriba, la esquina se dividía también convocando a los árboles entrelazados por tinajas, callejuelas, panes redondos bajo los brazos, tinteros, latitas de sardinas, calcetines y solemnes domingos. La esquina tenía oídos, farfullaba y se dejaba picar por las abejas.
Podrías caer sobre mí como un cortejo de sombras,
encaramarte a mi cara y moldear con este rictus
una plegaria,
someterme a tu vieja voluntad,
descolgarte por mis nervios
en pirámides interminables.
Podrías llegar a vislumbrar
la congoja de ser inapelable,
esconderte en el último alegato
de los que no tienen perdón,
urdir ejércitos de polvo como un héroe demente.
Puedes hacerte o deshacerte
como un ídolo de barro:
no existes ya.
Podría construirte un arrebato,
una vacilación,
una vida que acate tu desaparición
y te deponga...
Pero prefiero que seas el bárbaro soporte
de un universo falible,
la pena cosida de tus pies,
la violencia de tu serenidad
y tu evidencia.
Una tarde, le vino al alma el deseo de dar forma a una imagen del Placer que se posa un instante. Y se fue por el mundo a buscar bronce, pues sólo en bronce podía concebir su obra.
Pero había desaparecido el bronce del mundo entero; en parte alguna del mundo entero podía encontrarse bronce, salvo el bronce sólo de la imagen del Dolor que dura para siempre.
Era él quien había forjado esta imagen con sus propias manos, y la había puesto sobre la tumba de lo único que había amado en la vida. Sobre la tumba de lo que más había amado en la vida y había muerto había puesto esta imagen hechura suya, como prenda y señal del amor humano que no muere nunca, y como símbolo del dolor humano que dura para siempre. Y en el mundo entero no había más bronce que el bronce de esta imagen.
Y tomó la imagen que había formado y la puso en un gran horno y se la entregó al fuego.
Y con el bronce de la imagen del Dolor que dura para siempre esculpió una imagen del Placer que se posa un instante.